Era una tarde de miércoles, hace un año exactamente, no iba a ser como las otras tardes, en que volvía a casa sola. Esta vez me venía a buscar, iríamos juntos, me acompañaría. No tenía idea de como iba a ser, lo único que sabía, era que iba a sentir mariposas en el estómago al verle.
En clase estaba nerviosa: me temblaban las manos y las piernas, el corazón iba a un ritmo cardíaco que nunca había experimentado antes. Al fin le podría expresar el cariño que le tenía, en persona; aún no estaba enamorada de él, pero poco a poco los sentimientos iban creciendo.
La hora de salir llegó, y allí estaba, tan lindo como en los recreos, con ese flequillo suyo que no paraba ni un segundo de moverlo, para que no le molestase en el momento de ver. Nos dimos un beso en la mejilla. Me decepcioné un poco cuando me saludó de esa manera, pero yo seguía feliz. Fuimos juntos, uno al lado del otro, sin juntar las manos, pero cada cierto tiempo nos mirábamos y podía observar sus preciosos ojos verdes que tan poca gente apreciaba debajo de su pelo negro, color azabache, como el carbón. Bajamos la cuesta de mi calle, llegamos al portal, hablamos un rato y cogí las llaves de casa, me dirigía a abrir la puerta, cuando me detuvo agarrándome del brazo, me dijo:
-"¿No me vas a dar un beso de despedida?"
No podía contestarle de otra manera, que no fuese sonriéndole y dirigiéndome hacia él. Me agarró suave de la cintura, y dulcemente nuestros labios se fusionaron. Nuestras bocas eran un compás de movimientos perfecto que duraron unos segundos. Al acabar, entré en casa, cerré la puerta, me apoyé en ella de espaldas, y me rocé los labios muy despacio, no quería que el sabor de su boca se desprendiese de la mia, al hacerlo, me los toqué como si no me creyese que hubiera pasado nunca. Era un sueño, que no quería que terminase nunca, pero por desgracia, el tiempo de separarnos, llegó...
No hay comentarios:
Publicar un comentario